Me gusta pasear por vuestros campos
Y sentir el aire sobre el rostro
En los atardeceres oscuros
Cuando la lluvia amenaza.
Me gusta ver la flor de los olivos
Transformada meses después,
Si Dios o la Naturaleza dan agua
En la aceituna que ayuda al sustento.
Y contemplar la de los almendros,
Que como las novias en su boda,
Visten de blanco su grácil talle.
Me gusta charlar con vuestras gentes
De todas esas cosas que no hacen daño
Porque en su aparente intrascendencia
Sirven para unir y no para crispar.
Y reír, mirar, pensar, soñar…
Bajo el abrigo del paisaje
O al cobijo de una lumbre.
Tal vez estuve demasiados años
Sin sentir vuestra cálida presencia…
En el sitio que yo resido,
lleno de naturaleza se encuentra,
con comparsas y grandes rebaños
cencerreando por los valles,
estos que crecer me están viendo,
estos por los que todos hemos pasado
y que los que vienen
no podrán esquivar tal hermosura
y dejar el Cristo por alto.
Por muy pequeña que sea,
gran gente en él se encuentra,
si pasas cerca y no ves la estatua de María
nunca más te llevaras una alegría.
-Las leyendas, los mayores saben;
y los jóvenes enloquecidos
por salir a sus calles.
Todos juntos nos hacemos fuertes
y a la “curva del manquillo” nos dirigimos,
a gritarle a aquel que no se haya enterado
que las gentes del Cristo vivimos.
Sara Medina Fernández